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Presidio de Ushuaia

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Era difícil encontrar quienes quisieran ir a vivir a la minúscula Ushuaia, que crecía lentamente después que el gobierno se estableció en 1884. Pero en Buenos Aires se captó una idea que estaba en todo el mundo: para poblar una zona poco atrayente, era buena cosa levantar una cárcel, con el  agregado de una especial  seguridad.

Fue así cómo, entre 1903 y 1948, todos los argentinos pensaban en Ushuaia como en una gran prisión. No se equivocaban mucho. En un pueblo de mil habitantes, trescientos eran empleados para unos cuatrocientos reclusos de la peor calaña. El enorme edificio, hoy monumento histórico, obra del ingeniero Catello Muratgia, albergaba homicidas y estafadores, muchos sólo reincidentes de menor “jerarquía”. Tenían bien montados talleres y trabajaban en servicios públicos, que beneficiaban a toda la población que todos los días salía a ver pasar el trencito que llevaba a algunos al monte a cortar leña. Por supuesto, la vida era dura, aunque, salvo en algunos tiempos, las historias se han exagerado. La población les tenía cierto aprecio, aunque también les temía cuando trataban de fugarse. Los conciertos que daba la banda del presidio los domingos era una de las pocas distracciones. Los de mejor conducta eran llevados al monte en ese tren o a trabajar en construcciones como la escuela o la red eléctrica. Todos los veranos se producían intentos de fuga, pero siempre fallaron porque no había forma de subsistir fuera de la población y su clásico traje a rayas azules y amarillas los hacían fácilmente visibles.

Casi todos eran pobres desechos sociales que nadie conocía, pero algunos fueron famosos, como el asesino del jefe de policía Ramón Falcón, o el estanciero  que exterminó a toda su familia, o el único acusado de traición a la patria, o el primer criminal en serie, quizá un deficiente mental, que mató a varios niños. Fue una historia dolorosa, pero que se hace ineludible en la vida social. Hoy el gran edificio de cinco cuerpos es sólo un atractivo turístico.

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